El otro día asistí al espectáculo que René Lavand presentaba para poner punto y final a su carrera como mago. Una larga carrera, reconocimientos por parte de David Copperfield y otros muchos magos de talla mundial, le han bastado a éste carismático artista de 72 años para despedir su carrera.
René confesaba que disfrutaba llevando a sus espectadores a uno de los sentimientos primarios, la angustia; la angustia de ver algo y no comprender.
Su espectáculo combina la espectacularidad de realizar todos los trucos, que el resto de magos pueden ejecutar con las dos manos, con una sola mano (la otra mano permaneció en el bolsillo durante las 2 horas de actuación); con relatos, vivencias, lírica, coplas y otras historias con las que juega para aderezar el conjunto. Muchas de éstas historias aún las recuerdo, otras si cabe igual de interesantes han sucumbido a mi saturada memoria. Aquí os dejo una de ellas (disculpad si me he olvidado algún detalle al ponerla por escrito)
Una niña contemplaba a través de su ventana un viejo árbol, postrada en su viejo lecho, de una vieja casa, de un todavía más viejo barrio de París. El árbol se apoyaba contra una pared en la que parecía sustentar sus últimos momentos de vida. Las hojas empezaron a caerle al viejo árbol y la pequeña creía que su vida se extinguiría al mismo tiempo que lo hacía el árbol.
Su madre viendo que no tenían los recursos para costear un médico, acudió al ático de un viejo artísta bohemio que vivía encima suya a pedirle una ayuda. El artísta respondió a su madre que no tenía dinero para poder ayudarla. La madre rezó desconsolada toda la noche para que el árbol no perdiera el follaje y su hija se recuperase.
Continuaron cayendo las hojas, y con ellas la esperanza de la niña, que veía que su vida menguaba y se extinguía. A la mañana siguiente la niña despertó sorprendida al ver que al árbol le habían caído todas las hojas menos una.
La madre y la hija vieron obrado el milagro. La pequeña empezó a recuperarse a la vez que comenzaron a brotar en el árbol nuevas hojas.
Ambas en memoria del viejo artísta que había muerto ese mismo invierno a causa del frío y la hambruna, fueron a coger la hoja que no había caído para guardarla como recuerdo. Bajaron al patío al lado del viejo árbol y teniéndola delante de sus ojos intentaron cogerla con las manos. No lo consiguieron.
Observaron entonces y vieron la hoja estaba pintada en la pared.

4 respuestas so far ↓
Marta Lago // May 20, 2007 at 8:29 pm
qué pasa que no escribes nada últimamente?bueno,besos
KWPN // May 21, 2007 at 6:32 pm
Un cuento muy bonito,te felicito.
Un saludo.
Caroli // Sep 13, 2007 at 1:03 pm
preciosa la historia,si son tan bonitas ojalá compartas las otras que contó,un beso
Nicolás P. // Sep 24, 2007 at 12:30 am
asisti como invitado a una de sus actuacioens y no te equovocas al decir que pone los pelos de punta , gracias por recordarme la historia ! te agrego , un saludo
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